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lunes, 18 de noviembre de 2013

Escribir en el siglo XIX (II)

Como decía en la entrada anterior, el éxito de que gozó los Lamentos de un pobrecito holgazán (1820), da una idea de que algo estaba empezando a cambiar en España, pero puede decirse que fue algo excepcional, al menos si atendemos a la frustración que expresa Larra en «Horas de invierno» (1836):

Escribir y crear en el centro de la civilización y de la publicidad, como Hugo y Lherminier, es escribir. Porque la palabra escrita necesita retumbar, y como la piedra lanzada en medio del estanque, quiere llegar repetida de onda en onda hasta el confín de la superficie; necesita irradiarse, como la luz, del centro a la circunferencia. Escribir como Chateaubriand y Lamartine en la capital del mundo moderno es escribir para la humanidad; digno y noble fin de la palabra del hombre, que es dicha para ser oída. Escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Porque no escribe uno siquiera para los suyos. ¿Quiénes son los suyos? ¿Quién oye aquí?, donde se lamenta del poco reconocimiento de los esfuerzos del autor y del pago que recibe del público y de la sociedad.
         Algo similar había escrito años antes  en «¿Qué cosa es por acá el autor de una comedia?», en El pobrecito hablador (1832): «Por acá, un literato es un vago sin oficio ni beneficio, y el que vive de su talento es menos todavía que el que vive de sus manos; si quiere poner en su carta de seguridad «escritor público», habrá quien le ponga escribiente y diga que todo es escribir».


          Podría decirse que muchos escritores del siglo XX y aun del XXI comparten esa misma frustración.

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